domingo, 14 de febrero de 2016

Más sobre las comidas: los sabores.












Según la teoría de los cinco elementos, otro aspecto que hay que tener en cuenta a la hora de preparar una comida es que en el total de los platos deben estar presentes los cinco sabores básicos: el dulce, el ácido, el salado, el amargo y el picante. El dulce debe ser el sabor predominante —insistimos en que nos referimos al sabor dulce que podemos encontrar por ejemplo en los cereales integrales, las legumbres, las verduras y el pescado, no al azúcar y sus derivados—. Pero el sabor dulce potencia tan solo de determinada manera y determinados órganos —el bazo (la función digestiva y de absorción), el páncreas y el estómago—, con lo que hay que tomar los otros sabores para estimular el resto del organismo. En el caso de que no podamos incluir los cinco sabores en una comida, debemos procurar que los que estén presentes sean complementarios. Esto es: ácido y picante, amargo y salado, picante y amargo, dulce y ácido o dulce y salado. Lo conveniente es que, junto al dulce, siempre haya al menos dos sabores más. En función de nuestra constitución y nuestro estado de salud deberemos recurrir más a unos sabores que a otros. Por ejemplo, a la gente nerviosa, delgada y friolera no le conviene tomar muchos alimentos de sabor amargo. Pero el amargo, en cambio, tiene efectos muy beneficiosos en las personas calurosas y obesas, a las que también les conviene el sabor picante, con vistas a estimular la fuerza digestiva de los intestinos y perder peso. Cuando hablamos de picantes no nos referimos a las especias, que no son propias de un clima templado como el nuestro, sino, por ejemplo, a las verduras de la familia de la cebolla —la propia cebolla, el puerro, la cebolleta, el cebollín...—, al ajo —no crudo sino cocinado, porque el ajo crudo es demasiado fuerte—, al tomillo, al laurel, al jengibre...





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